Ciclo de Conferencias de la Asociación Cultural Alcorcon Siglo XXI
Premios de Novela Alcorcón Siglo XXI
II Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI

NP. Ayuntamiento de Alcorcón - Viernes, 26 Septiembre 2014 

La Asociación Cultural Alcorcón Siglo XXI , en...

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III Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI

Convocatoria del III Certamen de Pintura "Asociación Cultural de Alcorcón Siglo XXI”
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I Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI

Convocatoria del I Certamen de Pintura "Asociación Cultural de Alcorcón Siglo XXI”
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Conferencia de Ely del Valle en Siglo XXI

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Conferencia: los excesos de comida en las fiestas navideñas

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Andrés de Urdaneta y Cerain, nacido en Ordicia hacia 1508, fue uno de los descubridores más desconocidos en su tiempo y casi olvidado en la actualidad.

Su ascendencia guipuzcoana fue ilustre y su educación esmerada, como se desprende de los trabajos, variados escritos y la memoria que presentó al rey Carlos I de España.

El descubrimiento del Nuevo Mundo fue impulsado por el deseo de buscar camino a las Indias  y traer de aquellas tierras las valiosas mercancías que demandaba Europa, sedas, porcelanas, te, especias y otros productos exóticos. Juan Sebastián Elcano ya lo había conseguido en su viaje de circunnavegación, pero la vuelta a España estaba muy comprometida por tener que atravesar posesiones situadas bajo el dominio de Portugal,  a quien el tratado de Tordesillas había fijado una demarcación que defendía tenazmente. Por ello todos los viajes emprendidos hacia Europa se hacían el oeste, a favor de los vientos alisios.

 

En 1525 Urdaneta se embarcó junto a Elcano en otra expedición capitaneada por Garcia Jofre de Loaisa en una épica travesía hacia las Molucas. Once años duró la nueva circunnavegación. Murieron Loaisa y Elcano y solo uno de los 4 barcos pudo regresar a España con la desdicha de ser incautadas en Lisboa su carga y abundante documentación. Vuelto a nuestra patria Urdaneta pudo presentar al emperador Carlos una memoria de sus conocimientos sobre las ansiadas islas.

 

Ya en América y otra vez en la provincia de Nueva España, favorecido por Pedro de Alvarado se convirtió en importante personaje al que querían incluir en nuevas expediciones a Molucas y  Filipinas. Tuvo la confianza del virrey Luis de Velasco, pero en 1557, ante el asombro de cuantos le admiraban lo dejo todo ingresando como fraile agustino en un convento de Méjico. Tenía 45 años.

Sin embargo en 1564, 40 años después del viaje de Elcano, el gobernador Miguel López de Legazpi pudo convencerle para emprender un nuevo viaje. Los barcos para esta empresa fueron construidos en Acapulco: la Capitana, donde iban Legazpi y Urdaneta, los galeones San Pablo y San Pedro y las gabarras San Juan y San Lucas. Urdaneta seleccionó una tripulación donde abundaban guipuzcoanos que ya se conocían y embarcó abundantes frutos para prevenir el escorbuto. Su gran experiencia le hizo prevenir los terribles problemas de estos largos viajes: motines y enfermedades.

Siguiendo una ruta ya conocida y a favor de los alisios, en dos meses dieron ancla en Filipinas. Allí y mientras se reparaban los barcos, Andrés hizo importantes mediciones geográficas verificadas sobre el meridiano de Toledo y en junio de 1565 iniciaron el viaje de vuelta, el “tornaviaje”, aprovechando el monzón y subiendo hacia el norte a favor de la corriente de Kuro Siwo hacia Japón, hasta llegar a la costa de California. Desde allí costearon rumbo sur hasta Acapulco en la Nueva España. Tardaron 4 meses y medio en recorrer 7644 millas náuticas (14157 km) pero acababan de inaugurar una vía comercial propia, que no interfería con los derechos de Portugal. Durante 250 años las naves españolas emplearon esta ruta que aún hoy sigue siendo una vía marítima importante.

El tráfico se suspendió en 1815 cuando Méjico independizado de España confiscó el último navío, el Magallanes. La ruta Acapulco-Manila-Acapulco se designó como el Galeón de Manila, una forma de trivializar la formidable travesía realizada con aquellos barcos.

Tras informar personalmente de su descubrimiento a Felipe II, Andrés de Urdaneta regresó a su convento de Méjico, donde murió olvidado en 1568. Pese a su hazaña no quiso una gloria que nunca buscó.