Ciclo de Conferencias de la Asociación Cultural Alcorcon Siglo XXI
Premios de Novela Alcorcón Siglo XXI
II Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI

NP. Ayuntamiento de Alcorcón - Viernes, 26 Septiembre 2014 

La Asociación Cultural Alcorcón Siglo XXI , en...

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III Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI

Convocatoria del III Certamen de Pintura "Asociación Cultural de Alcorcón Siglo XXI”
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I Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI

Convocatoria del I Certamen de Pintura "Asociación Cultural de Alcorcón Siglo XXI”
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Conferencia de Ely del Valle en Siglo XXI

Pablo Villalba

Eran las 19,00 horas del 23 de marzo del 2015 cuando la...

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Conferencia en Siglo XXI de D. David Pérez García

Pablo Villalba

Antes de empezar la conferencia se recordó a los fallecido en el...

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Conferencia: los excesos de comida en las fiestas navideñas

FORO DE DEBATE.
Conferencia: los excesos de comida en las fiestas...

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Tomando un poco la trayectoria del colaborador de esta revista SIGLO XXI y colaborador también de ALFA Y OMEGA, Juan Orellana, me permito este comentario sugerido por la entrega de los Oscar en Hollywood hace unas semanas y, por qué no, sugerido también por la sonada fiesta, un mes o así después, de la entrega de los Premios Goya en Madrid. Los espacios audiovisuales de información y la Prensa en general, sobre todo las revistas llamadas del corazón, cubrieron con extraordinaria profusión dichos eventos; cuyos ecos -ecos del Séptimo Arte- podemos considerar de alcance universal sin equivocarnos; con las multitudes prestándoles una atención en España quizá exagerada. Lo cual viene determinado por los enormes recursos que la industria del cine mueve e, igualmente, dada la capacidad que tienen los actores más afamados para llegar al gran público y constituirse, de esa manera, en ídolos y en espejos donde las gentes de toda condición social y de todas las edades gustarían verse reflejadas.

 

En realidad, desde aquella primera proyección en el Gran Café, de París, el 28 de diciembre de 1895, en la que los hermanos Lumière presentaron en público su gran invento, el cine está siendo una fábrica de sueños y de ilusiones que encandila a los espectadores de cualquier lugar del mundo, facilita el ejercicio imaginativo de sus más entusiastas seguidores y a todos les hace partícipes de la magia representada y ambientada en las cintas cuando se contemplan las proyecciones. Sobre todo, si los argumentos, las historias y las situaciones recreadas por los actores desarrollan aspectos que enriquecen la personalidad, culturizan y entretienen sanamente cuando se ofrecen escenas -si de verdad se trabajan con arte- que, además de distraer, propician la evolución de la mentalidad de los cinéfilos. Por eso, el cine -más que el teatro- ha logrado ser la representación prodigiosa de éxitos y fracasos de la entera humanidad; un logro alcanzado con ideales de elegancia y grandes dosis de distinción hasta los años sesenta del pasado siglo.  

Pero, por desgracia, el cine que se viene haciendo desde hace ya algunos años no es el de antes. Independientemente de la evolución tecnológica que lo ha dotado de mayor capacidad para los efectos especiales; independientemente también de los mayores recursos presupuestarios que se le dedican, surge la paradoja, en la mayoría de los casos, de que los argumentos y las interpretaciones se amañan, en bastantes casos y ex profeso, desdeñando las buenas conductas morales, hasta recrear los guiones con no pocas escenas de nulo pudor, de descomposición de conductas y de aspectos de insana zafiedad. Y lo curioso del caso es que la mayoría de los profesionales se toman en serio tales posturas en “su” arte porque creen que las secuencias rodadas exigen un realismo desvinculado de cualquier forma de decoro; incluso estando los guiones sacados de textos cuyos autores no usaron ni de imágenes literarias soeces ni de palabrería malsonante. Siendo de lamentar, en el caso de España, que las subvenciones que reciben el cine y algunas series de televisión sirvan para esto: para realizaciones que deforman ciertas mentalidades, aquellas que optan por repulsivas permisividades.