Ciclo de Conferencias de la Asociación Cultural Alcorcon Siglo XXI
Premios de Novela Alcorcón Siglo XXI
II Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI

NP. Ayuntamiento de Alcorcón - Viernes, 26 Septiembre 2014 

La Asociación Cultural Alcorcón Siglo XXI , en...

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III Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI

Convocatoria del III Certamen de Pintura "Asociación Cultural de Alcorcón Siglo XXI”
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I Certamen de Pintura Alcorcón Siglo XXI

Convocatoria del I Certamen de Pintura "Asociación Cultural de Alcorcón Siglo XXI”
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Conferencia de Ely del Valle en Siglo XXI

Pablo Villalba

Eran las 19,00 horas del 23 de marzo del 2015 cuando la...

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Conferencia en Siglo XXI de D. David Pérez García

Pablo Villalba

Antes de empezar la conferencia se recordó a los fallecido en el...

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Conferencia: los excesos de comida en las fiestas navideñas

FORO DE DEBATE.
Conferencia: los excesos de comida en las fiestas...

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Rincón Literario


Miguel Rivilla San Martín

Me refiero al film “Despedidas”. No soy crítico profesional de cine. Si un buen aficionado al séptimo arte, de siempre. Ahora, jubilado, procuro, como autodidacta y fiado por la crítica solvente, no perderme una buena película. Sobre todo cuando ésta viene avalada, no por la propaganda, sino por la critica favorable en los expertos.

Miguel Ángel Guerra

Narrar a través de cartas en tan viejo como Séneca. En el libro se esta haciendo cada vez más tarde, Tabucchi pone posdata a un género cultivado por Dostoievski, Valera, Goethe, Bryce Echenique o Saul Bellow, entre otros.

El rasgar de una pluma sobre el papel suena diferente cuando las letras están dirigidas a alguien concreto, distante y cercano a un tiempo. Pese a que muchos consideran que el género epistolar no da más de sí, Antonio Tabucchi lo ha elegido para su ultimo libre, Se está haciendo cada vez más tarde (Anagrama), en el recoge 17 extrañas cartas. Fiel a su estilo, el destinatario es el más propicio a la melancolía: la amada. Una presencia femenina que adquiere aquí, más que nunca, un valor central como faro de la narración. Porque, a diferencia de sus obras más convencionales y exitosas – Sostiene Pereira, La cabeza perdida de Damasceno Monteiro…-, el autor italiano se deja llevar por las corrientes del experimento formal.

Luis Alberto de Cuenca
Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo
(CSIC)

Doscientos años ya desde que vino al mundo Poe en Boston, Massachusetts, y no se le nota la más mínima arruga en la cara. Dicho sea entre nosotros, y sin ánimo de faltar, pero lo cierto es que los psicópatas se conservan siempre muy bien, y don Edgar Allan Poe fue un psicópata de tomo y lomo. Cortázar, que lo trató mucho y muy de cerca, pues tradujo su obra completa al castellano por encargo de nuestro gran Francisco Ayala, lo dejó dicho en letras de molde: “Poe ignora el diálogo y la presencia del otro, que es el verdadero nacimiento del mundo. En el fondo tampoco le interesa que le comprendan los seres a los que ama: le basta con que le quieran y protejan.” Si eso no es ser un narcisista límite, o sea, un psicópata, que venga el doctor Freud y me convenza de lo contrario.

Lo que ocurre es que a la buena literatura le da absolutamente lo mismo que quien la escriba tenga buenos o malos sentimientos, sea capaz de descargar el hacha varias veces con furibunda saña sobre su abuelita o haya fundado varias leproserías en Bangla Desh con derecho a abusar de las enfermeras, televisión y aire acondicionado. La literatura se sitúa siempre al margen de la moral. Pueden escribirla extraordinarios hombres ordinarios como Cervantes o Shakespeare, niños mimados por la sociedad de su época como Sófocles o Voltaire, buenísimas personas como Robert Louis Stevenson o auténticos canallas como Edgar Allan Poe (quien, entre otras lindezas, defendía la muerte de la mujer joven y bella como el espectáculo más grandioso de la estética universal). Con todo ello, gracias a Poe (y a Baudelaire, su traductor al francés, que también era un punto filipino, aunque no venga al caso) las letras del planeta Tierra posteriores a su muerte son como son, porque no hay género literario contemporáneo que no derive, de una u otra manera, de la obra del bostoniano. Desde Melville, que rinde culto en Moby Dick al extraño ser de intensa blancura que aparece al final de Arthur Gordon Pym, hasta Lovecraft, cuyas criaturas innombrables proceden de las pesadillas del autor de Ligeia, por citar tan sólo dos nombres de la interminable lista de deudores de Poe, la literatura mundial de las dos últimas centurias depende de las invenciones, en prosa y en verso, del inmenso escritor e insoportable ciudadano que murió en Baltimore en 1849, víctima de sus propios excesos, dando un respiro a su pobre suegra, a quien tanta lata le había dado mientras vivió.

Con ocasión del segundo centenario del nacimiento (o por las buenas, que no hay que buscar justificación a lo que es justo y necesario a priori), la alegre pandilla de Ediciones Irreverentes a la que me honro en pertenecer se ha planteado rendir al maravilloso psicópata un homenaje de campanillas, reeditando una antología de sus textos y redactando ad hoc sobre cada uno de ellos variaciones textuales o, por mejor decir, recreaciones de primerísimo interés. Los autores que participan en este extraordinario e irreverente Poeficcionario han optado por cinco líneas de creación distintas, que paso a enumerar a continuación.

La primera sería el exotismo. Lo encontramos en el relato de Sasi Alami, que convierte al muchacho enamorado de su prima en un amante de las geishas de piel blanquísima y en un coleccionista compulsivo de revistas con fotografías de jóvenes niponas desnudas en casas de té, y en el relato de Isaac Belmar, que acerca el terror clásico a la serie negra, sobre el rítmico fondo de El cuervo, ese prodigio poético insuperable.

Constituiría la segunda línea una modernización de circunstancias, siempre desde el respeto por el autor y su creación original. Lo vemos en el texto de Santiago García Tirado, con un cierto aire dandy, al cambiar la Muerte Roja por el Mal. O en el de Álvaro Díaz Escobedo, más clásico, que, dando un paso más en el camino iniciado por Goya, llega a la conclusión de que la imaginación no sólo crea monstruos mentales, sino que los transfiere a la realidad. O en el de Vicente Castro, que plantea el gran tema de la humanidad: escapar de la muerte. O en el de Raúl Hernández Garrido, que mantiene el motivo central de La caída de la casa Usher, pero nos recuerda que ahora los motivos son otros: la dinamita del terrorismo o los oscuros intereses del promotor inmobiliario.

La tercera línea se ubicaría entre el esperpento y el humor negro y estaría representada por el capo de Irreverentes, el escritor Miguel Ángel de Rus, mostrándonos que el criminal de El corazón delator sería un aprendiz en la actualidad, debido a los avances de los medios de comunicación. También incluiría en este apartado a Francisco Legaz, que nos ilustra acerca  de la muerte a distancia propiciada, con espantosa sangre fría, por los nuevos planteamientos tecnológicos; a Javi J. Palo, que nos devuelve a los grandes terrores del pasado, y a Manuel Villa-Mabela, que convierte El entierro prematuro en un relato de humor negro en el que sexo y muerte se funden, con el sadismo cutre propio de nuestra época. Es la línea dura del libro, la de quienes piensan que, ahora, en un momento en que muchos psicópatas son encumbrados y admirados por la sociedad, los desequilibrios de Poe resultarían un juego para niños, porque ya se sabe que todo es susceptible de empeorar.

La cuarta sería una línea intimista y estaría representada por Alicia García-Arés, que hace suya la búsqueda de la perfección por parte del protagonista de Annabel Lee, asumiendo que eso de perseguir la perfección espiritual es motivo de befa en nuestros lamentables días.

La crítica social presidiría la quinta y última línea de este Poeficcionario. José Manuel Fernández Argüelles introduce en El barril de amontillado una innovación heterodoxa, pues la protagonista de su recreación, manteniendo la venganza como eje argumental, es una prostituta llamada “la Montilla” y quien debe recibir el castigo es ni más ni menos que un juez. El barril de amontillado es también el subtexto del relato de Juan Patricio Lombera, en el que se nos dice que el odio conduce a la venganza, y que ésta es la justicia de quien no recibe justicia por parte de la sociedad.

Pasen y lean, pues, los textos que la familia Irreverente ha reunido en honor de ese genio de las letras universales y psicópata sin fisuras que se llamó Edgar Allan Poe. Lo van ustedes a pasar en grande buceando en las profundidades del horror.